Homilía Señor Obispo Apertura Sínodo

Misa de Inauguración del Sínodo de la Sinodalidad

Catedral de Nuestra Señora del Rosario

El Espinal, 17 de octubre de 2021

 

Muy queridos hermanos todos:

 

Mi saludo muy cordial para cada uno de los presentes en esta santa Catedral, para los que siguen la transmisión por Internet y para todos los fieles de nuestra amada diócesis del Espinal. 

 

En esta celebración eucarística de hoy estamos inaugurando un hecho eclesial de gran trascendencia, el cual –como sucede en todas nuestras labores– dará los abundantes frutos que Dios espera, sólo en la medida en que seamos dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo. Es por eso que hoy, al dar inicio a la fase diocesana del Sínodo de la Sinodalidad, estamos celebrando la misa votiva del Espíritu Santo. A Él debemos acudir asiduamente, pero en una ocasión tan importante, lo hacemos prácticamente implorando, suplicando su ayuda divina para poder cumplir con la misión que Él mismo hoy nos encomienda como Iglesia diocesana. Veni Creator Spíritus: ven Espíritu por el cual Dios lo ha creado todo, el Espíritu del Amor. Pedimos el poder de Dios que es el Amor. 

 

Acabamos de escuchar la liturgia de la Palabra que ha comenzado con la portentosa escena de aquel primer Pentecostés cristiano, con la llegada poderosa del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en oración en torno a María Santísima. Con esta nueva presencia divina “se completa” la fundación de la Iglesia. Iglesia que nace del Corazón sagrado del Señor desde la noche previa que pasó en oración porque al día siguiente iba a escoger a sus apóstoles. La Iglesia nace de la oración de Jesús. Con el hecho magnífico de Pentecostés, los apóstoles pierden el miedo a predicar a lo que el Maestro les había enseñado, aún sabiendo los riesgos que corrían al hacerlo públicamente, pero se torna más fuerte el ardor por evangelizar al mundo que el peligro de llegar a perder la vida por hacerlo. De este modo comenzó aquel día bendito la tarea infatigable de la Iglesia, que no terminará sino hasta el final de los tiempos. 

 

Por eso con el Salmo 103 hemos clamado: “Envía Señor tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”. Somos conscientes de que ese Espíritu divino quiere seguir fluyendo como lo ha hecho por dos mil años, en este tiempo a  través de nosotros, para seguir cambiando la faz de la tierra, no obstante las circunstancias sean muy adversas, los enemigos muy fuertes y nosotros muy ineptos. 

 

Al escuchar el Evangelio nos hemos puesto en el lugar de los caminantes de Emaús, quienes por un gesto de generosidad infinita de Dios, descubren poco a poco que aquel extraño que se les ha unido en el camino es nada menos que Jesús resucitado en persona. Sin saberlo, se encontraron con Jesús, –más bien, se dejaron encontrar, porque era Él el interesado en buscarlos–, Jesús sabía que lo necesitaban, eran sus amigos, conoce sus necesidades, quiere sanar sus miedos, encender sus esperanzas, para que encuentren el sentido y valor de sus vidas. Aunque la tristeza inicial les impedía reconocerlo, poco a poco, a medida que lo escuchaban, lo fueron reconociendo y sus corazones empezaron a arder de amor de Dios, ese fuego que nace siempre del corazón de Cristo. Él mismo se preocupó por explicarles con paciencia las Escrituras y luego partió con ellos el Pan, dice el evangelista haciendo una alusión clara a la Eucaristía. Cuando misteriosamente desapareció, quedaron maravillados, pero Jesús ya les había dado suficientes elementos para su discernimiento: era Jesús, no hay duda, hay que ir a contárselo a los demás, ¡ellos también necesitan saber que Cristo está vivo y nosotros somos sus testigos… y… Jesús cuenta con nosotros!

 

En esta escena del Evangelio podemos ver que aquí están los tres momentos esenciales de la sinodalidad: encuentro, escucha, discernimiento. 

 

Encuentro en primer lugar con Cristo y luego, por Él, con Él y en Él, nos encontramos con nuestros hermanos. “Nadie puede conocerlo y no amarlo” dice el canto “amarlo y no servirlo”, continúa.  Es lo que el Catecismo llama “Vida en Cristo”: amar con el corazón de Cristo, ver como ve Cristo, que no es sólo mantener unas costumbres éticas o morales de respeto para poder convivir, sino realmente interesarnos por amar al prójimo y asumir como cosa propia la salvación de mis hermanos. Contribuir positivamente a su bien espiritual, evangelizar. Porque “nadie se salva solo…”   

 

En la Iglesia, gracias a la presencia viva del Espíritu Santo, aprendemos a escuchar, a nunca menospreciar a nadie, a saber que para Dios todos cuentan, que yo no valgo más, pero tampoco menos que los demás, aprendemos a mirar con la mirada amable con que Jesús nos ve. Esa es la actitud esencial de Iglesia. Esa debe ser siempre mi actitud, porque yo soy Iglesia. 

 

Y esto no lo digo sólo por ustedes, sino incluyéndome yo, por supuesto, como Obispo, sabiendo que el Señor por designios inescrutables me ha puesto a la cabeza de esta Iglesia Particular del Espinal. Yo no valgo más que aquel hermano que pide limosna en la esquina, ni valgo menos que el Santo Padre, cada alma vale toda la sangre que Cristo derramó en la cruz, pero, ciertamente, cada uno tiene una vocación que vivir y de la cual ha de darle cuentas a Dios, por eso el valorar, clasificar o descalificar al prójimo no es precisamente lo más cristiano y debe combatirse en la vida de la Iglesia. El párroco que ha estudiado durante años filosofía y teología y ha leído muchos libros y tiene títulos y diplomas, no vale más que el feligrés que viene de una vereda y no hizo sino estudios de primaria, la coordinadora del grupo de oración no vale más que la que acaba de entrar al grupo. –no vale más, pero tampoco valen menos–  

 

Somos muy dados a esas clasificaciones que tanto daño hacen a la vida de la Iglesia. Eso desfigura el Cuerpo místico de Cristo, lo deforma, lo enferma. Lo hace sordo, incapaz de escuchar y atender las necesidades del prójimo, hace que las comunidades parroquiales se reduzcan, porque no todos son recibidos, atendidos, comprendidos. La sinodalidad nos pide que revisemos estas situaciones que hacen que la teoría sobre lo que es la Iglesia sea distinta a la vida real que se está viviendo. 

 

En los encuentros sinodales que se van a realizar en las próximas semanas en todas nuestras parroquias, estamos llamados a ser muy conscientes de superar esos defectos, pues de otro modo, lo que allí se hable, no podrá ser materia de discernimiento, de oración. Se nos pide ser muy sinceros, muy transparentes, muy claros, a partir por supuesto, de la caridad y el amor a la Iglesia. Aprendamos a vivir la “Verdad con caridad”.

 

Precisamente el tercer elemento de la sinodalidad es el discernimiento. Significa poner en oración lo que se ha escuchado, poner en la presencia de Dios el sentir de la Iglesia, de los hermanos, para poder actuar según el querer de Cristo. 

 

Este es el Espíritu que debe reinar en la Iglesia y la debe caracterizar: ser una familia, donde todos valen, todos cuentan, todos son importantes, porque nos une la caridad y la actitud de dialogo permanente de buenos hijos con nuestro Padre Dios. 

 

Sólo en ese ambiente todos podemos hablar, expresarnos, escuchar y ser escuchados, sanar lo que se debe sanar, corregir, mejorar, pero también abrir nuestras perspectivas para evangelizar mejor tanto dentro como fuera de la Iglesia. 

 

Nunca debemos considerarnos ya perfectos, sería el fracaso de una Iglesia que por naturaleza va “en camino” vamos caminando, aprendiendo toda la vida, porque, como enseña el Papa Francisco en Amoris Laetitia, el amor humano es perfectible: si amamos con el amor de Cristo siempre lo querremos y podremos perfeccionar. 

 

Esa es la actitud, propia de nuestra espiritualidad cristiana, católica, que vivimos nuestro encuentro con Cristo y lo anunciamos al mundo, cada uno a su estilo, y según sus medios y su vocación, pero nunca solos, sino acompañados. Vamos caminando, no estamos quietos. La Iglesia va caminando con el mundo, está en el mundo, ha hecho parte de la historia de la humanidad desde hace dos mil años, ha contribuido a hacer historia y cultura. pero “nuestra patria es el cielo, la fe nos ilumina” como dice el canto. La Iglesia está en medio del mundo, no para contagiarse de sus males sino para contagiar al mundo de santidad, que sólo se logra por el testimonio personal de cada bautizado. 

 

 Finalmente, una breve referencia a la Segunda lectura: es el texto en que san Pablo, de manera tan creativa y eficaz nos hace la comparación de la Iglesia como aquel cuerpo en el que cada uno de los bautizados es un miembro que lo compone. Cristo es la cabeza y el Espíritu Santo es el alma que nos une y nos hace un solo organismo, precioso, en el que todos encontramos un puesto y una tarea que cumplir, encontramos nuestra vocación y por ella nuestra salvación. Queremos ser órganos saludables, que no causen dolor ni enfermedad a este cuerpo del que hacemos parte, que es la Iglesia. 

 

La salud de este cuerpo es la sinceridad. La sinceridad para reconocer que todo lo que poseemos lo recibimos de Dios, en gran parte a través de la Iglesia, nos hace  agradecidos, disponibles, serviciales, como Cristo nos enseñó, atentos incluso a lavar los pies a los hermanos. Por eso, la sinceridad debe relucir en los encuentros sinodales que se convocarán: ni criticar lo todo, como si nada se hiciera bien, ni alabarlo todo, como si ya estuviéramos en la iglesia celestial. Lo que importa es la vivencia real de cada uno dentro de la Iglesia, su relación con todos los que la componen, saber que cada uno es sujeto de evangelización o sea que toma parte activa en ella y no solo objeto pasivo que espera que se lo den todo. Todos contamos, todos aportamos, todos somos importantes, porque lo somos ante los ojos de Dios.

 

Tenemos una Madre que está empeñada en ayudarnos a ser y hacer lo que Jesús nos pide. Recurramos a ella asiduamente, especialmente en el rezo constante del Santo Rosario, que a ella tanto le gusta. Que esta nueva etapa en la historia de la Iglesia universal que hoy iniciamos en nuestra diócesis y en todas las diócesis del mundo, la sepamos aprovechar en toda su grandeza y podamos dar, con la ayuda del Espíritu santo todos los abundantes frutos que Dios espera.

 

Amén

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